Edward
Esa noche, el silencio en la hacienda pesaba distinto.
El viento que venía desde los viñedos arrastraba un aroma a tierra húmeda y lavanda. Todo parecía en calma, pero mi mente estaba lejos de descansar.
En el despacho, la luz de la lámpara apenas iluminaba los documentos sobre el escritorio. El contrato de McAllister Holdings reposaba frente a mí, un recordatorio de que había dejado entrar a una desconocida en mi mundo bajo el disfraz de una socia prometedora.
Fiona McAllister.
O, como