El viejo muelle estaba cubierto por una bruma espesa, restos de la tormenta que acababa de pasar. El olor a sal, a madera podrida y a petróleo se mezclaba en el aire, un aroma tan característico de Delies City que a Tomás le resultaba casi reconfortante. Casi.
El galpón número 17 se alzaba al final del muelle como un monstruo dormido, con la pintura roja cuarteada y paneles metálicos oxidados que parecían dientes rotos. Una lámpara amarilla colgaba temblorosa sobre la entrada, parpadeando como