Minutos después de que la puerta se cerrara, aún seguía ahí, intentando calmar la respiración y borrar de mi piel el rastro de lo que acababa de pasar. El silencio me pesaba, y cada latido me recordaba lo cerca que había estado de cruzar una línea de la que no habría vuelta atrás.
Entonces escuché el sonido del auto estacionándose en la entrada. El pánico regresó de golpe. Corrí a mirar al espejo, arreglé mi cabello, y me senté en el sofá como si nada hubiese ocurrido.
La puerta se abrió y Adrián entró, como siempre, con ese aire confiado y relajado que lo caracterizaba.
—Aurora —me llamó, sonriendo al verme—. Qué gusto verte.
—Hola —respondí, intentando sonar natural.
Dejó unas carpetas sobre la mesa y se acercó. Me miró con atención, frunciendo el ceño.
—¿Estás bien? —preguntó, ladeando la cabeza—. Te ves… distinta.
Sentí que el corazón se me detenía un segundo.
—Perfectamente —mentí, con una sonrisa forzada—. Solo estoy un poco cansada.
—¿Segura? —insistió—. No me gusta cómo te oye