Frente al espejo, abrí el armario sin saber exactamente qué buscaba, hasta que mis dedos rozaron la seda roja.
El vestido caía como una cascada sobre mis manos. Era atrevido, sí, pero también poderoso. Tenía algo de peligro, algo que parecía gritar que no era una mujer que se escondía.
Decidí que esa sería mi armadura.
Me duché lentamente, dejando que el agua caliente borrara los nervios y el peso del día. Me perfumé con una fragancia sutil —ámbar y vainilla—, recogí mi cabello en un moño bajo