Frente al espejo, abrí el armario sin saber exactamente qué buscaba, hasta que mis dedos rozaron la seda roja.
El vestido caía como una cascada sobre mis manos. Era atrevido, sí, pero también poderoso. Tenía algo de peligro, algo que parecía gritar que no era una mujer que se escondía.
Decidí que esa sería mi armadura.
Me duché lentamente, dejando que el agua caliente borrara los nervios y el peso del día. Me perfumé con una fragancia sutil —ámbar y vainilla—, recogí mi cabello en un moño bajo con mechones sueltos y me maquillé con precisión. Labios rojos, mirada definida.
Cuando terminé, el reflejo que me observó desde el espejo no era el de una mujer asustada, sino el de alguien que sabía perfectamente lo que hacía.
El sonido de un golpe suave en la puerta me hizo girar.
—¿Lista? —la voz de Máximo se filtró, grave, segura.
Abrí, y sus ojos se detuvieron en mí. No dijo nada al principio. Solo me miró, y ese silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
—No pensé que el rojo fuera