Cuando llegué, la casa estaba en silencio. Solo se escuchaban los cubiertos y el murmullo del televisor encendido en el fondo. Adrián no estaba; recordé que se había ido con su novia a otra ciudad, así que la escena familiar se reducía a mis padres, tranquilos como si todo estuviera bajo control.
—Aurora —dijo mi madre apenas me vio entrar—, justo hablábamos de ti.
—¿De mí? —pregunté, dejando la cartera sobre el sofá.
—Sí —intervino mi padre, sin levantar mucho la vista del periódico—. Giovanni llamó. Dijo que mañana viajas con Máximo a Turquía.
Me quedé quieta. Un segundo de silencio incómodo se formó antes de que mi madre sonriera como si me diera una gran noticia.
—Qué buena oportunidad, hija. Antalya es preciosa, y dicen que el proyecto es enorme. Vas a aprender muchísimo.
Asentí, intentando parecer tranquila.
—Sí, eso parece.
—Y además —continuó ella, ignorando mi tono—, te servirá para conocer mejor a Máximo. Es joven, talentoso… y no tan grosero como aparenta. A veces las perso