Su aliento, su voz, su cuerpo… todo era tan real que me costaba respirar.
Sentía su mano en mi cuello, el peso de su mirada sobre mí, la cama hundiéndose bajo nuestros cuerpos. Estaba ahí, conmigo, tan cerca que podía oler su perfume mezclado con mi respiración entrecortada.
Su boca rozó la mía una vez más y, justo cuando iba a ceder, escuché mi nombre.
—Aurora.
Otra vez, más insistente.
—Aurora, despierta.
Parpadeé. Todo se desvaneció de golpe.
La oscuridad, el calor, sus manos. Todo se borró como una sombra que se rompe con la luz.
Abrí los ojos confundida, el corazón desbocado, la piel aún ardiendo. Frente a mí, la voz que me llamaba se volvió real.
Máximo.
Estaba inclinado sobre mí, con una expresión entre seria y curiosa.
—Ya aterrizamos —dijo con esa calma suya que me desarmaba—. Estás un poco colorada, ¿te sientes bien?
Tardé un segundo en reaccionar. Miré a mi alrededor. el sonido del cinturón de seguridad liberándose, la voz del capitán hablando. Estábamos en el avión aún.