Su aliento, su voz, su cuerpo… todo era tan real que me costaba respirar.
Sentía su mano en mi cuello, el peso de su mirada sobre mí, la cama hundiéndose bajo nuestros cuerpos. Estaba ahí, conmigo, tan cerca que podía oler su perfume mezclado con mi respiración entrecortada.
Su boca rozó la mía una vez más y, justo cuando iba a ceder, escuché mi nombre.
—Aurora.
Otra vez, más insistente.
—Aurora, despierta.
Parpadeé. Todo se desvaneció de golpe.
La oscuridad, el calor, sus manos. Todo se borró