Salí del baño envuelta en el vapor, con el cabello húmedo pegándose a mi cuello. Me puse una sudadera ancha y un top blanco, lo suficientemente cómodos para dormir, pero no tanto como para sentirme desprotegida. No era por miedo… era por precaución. Con Máximo bajo el mismo techo, cualquier descuido podía volverse un error.
Tomé el vaso de la mesa y caminé hacia la cocina. El silencio era tan profundo que podía escuchar el roce de mis pasos contra el piso. Apenas encendí una lámpara tenue, el reflejo en el ventanal me devolvió una imagen que no esperaba.
Máximo estaba allí.
De espaldas, en sudadera, sin camisa. Las gotas de agua caían lentamente desde su cabello hasta perderse entre los músculos marcados de su espalda. Los tatuajes parecían moverse con cada respiración suya, y la visión fue tan repentina que olvidé cómo se respiraba.
Tragué aire, fingiendo indiferencia, y llené el vaso. El sonido del agua quebró el silencio.
—Ya deberías estar dormida —dijo sin voltearse, con esa