Cuando llegué a casa, el ambiente se sentía espeso, casi tan denso como mis propios pensamientos. Dejé las llaves sobre la mesa y, apenas crucé el umbral del salón, los vi: mamá y papá estaban sentados frente a frente, con las tazas de café aún humeantes. Bastó una mirada para saber que ya lo sabían todo.
Papá fue el primero en hablar.
—¿Se puede saber qué demonios pasó, Aurora? —su voz era grave, cargada de decepción más que de ira—. Estás en todas las portadas.
Inspiré profundamente, intentan