No sabía cómo actuar. Todo dentro de mí se sentía fuera de lugar, como si cada cosa que había creído cierta hasta ese momento se desmoronara sin previo aviso. Conocer esa verdad —una que mi mente había sepultado con tanta precisión— me dejaba expuesta, vulnerable, vacía.
Máximo estaba frente a mí, hablándome con esa voz grave y segura que siempre lograba descolocarme.
—Ya está solucionado —dijo, con una calma irritante—. El asunto de la foto, la demanda, todo. El chico no volverá a molestar.
Asentí sin pensarlo. No tenía fuerzas para discutir, ni siquiera para agradecer. Solo lo miré, tratando de leer algo en su expresión.
—¿Y ya? —fue lo único que salió de mis labios.
Él arqueó una ceja.
—¿Qué esperabas? ¿Que le hiciera una visita personal?
—No, solo… —mi voz se apagó antes de terminar la frase.
—Solo nada —interrumpió, dando un paso más cerca—. Me sorprende que estés tan callada. No es propio de ti aceptar las cosas sin pelear.
No respondí. Ni siquiera sabía qué quería decirle. Su c