El silencio que quedó después fue tan pesado que dolía. Me quedé quieta unos segundos, sin moverme, sin respirar siquiera. Podía sentir el temblor en mis manos. Y de repente, una presión en el pecho. Las ganas de llorar llegaron de golpe, crudas, violentas… pero me contuve.
No iba a llorar por esto. No frente a Máximo.
Él seguía allí, apoyado contra la pared, con esa mirada que mezclaba furia y algo que no lograba descifrar. Yo no quería hablarle, no podía. Tomé mi celular y crucé el despach