El silencio que quedó después fue tan pesado que dolía. Me quedé quieta unos segundos, sin moverme, sin respirar siquiera. Podía sentir el temblor en mis manos. Y de repente, una presión en el pecho. Las ganas de llorar llegaron de golpe, crudas, violentas… pero me contuve.
No iba a llorar por esto. No frente a Máximo.
Él seguía allí, apoyado contra la pared, con esa mirada que mezclaba furia y algo que no lograba descifrar. Yo no quería hablarle, no podía. Tomé mi celular y crucé el despacho sin decir palabra.
—Aurora… —alcancé a escuchar su voz detrás de mí, pero no me detuve.
Salí al pasillo y caminé directo al ascensor. Sentía el corazón desbocado, el aire espeso. Apenas las puertas se cerraron, respiré por primera vez en lo que parecían horas.
Cuando llegué al estacionamiento, el sonido metálico de mis tacones resonó en el suelo vacío. Metí la mano en el bolso buscando las llaves… y entonces me di cuenta.
La cartera.
—Perfecto —murmuré entre dientes—. Perfecto, Auror