Desperté con la luz colándose entre las cortinas, tan suave que apenas lograba abrir los ojos. Por un momento, no recordaba dónde estaba. Luego el olor… aquel perfume masculino, profundo y casi familiar, me lo recordó todo.
Me incorporé lentamente y fue entonces cuando noté las bolsas sobre el sofá de la esquina. Eran elegantes, con el sello de una marca que conocía bien. Me acerqué, todavía adormecida, y sobre una de ellas había una pequeña nota.
“Para ti.”
Eso era todo. Dos palabras. Secas. Directas. Su estilo.
Suspiré y fui al baño. El agua tibia me despejó, pero también me llenó de una extraña incomodidad. No podía dejar de pensar en lo ocurrido la noche anterior… en su mirada, en su advertencia, en la forma en que su voz se había quedado suspendida en el aire.
Salí de la ducha, me sequé y abrí una de las bolsas. Dentro había un conjunto sencillo pero perfecto: una blusa blanca de seda, unos pantalones beige ajustados, y sandalias a juego. Nada ostentoso, pero todo cuidadosamente