Cerré la revista con un golpe seco.
Mi rostro seguía estampado en esa maldita portada, junto al de Máximo La Torre, como si fuéramos la pareja del año. La heredera misteriosa y el magnate italiano, decían. Qué fácil era destruir una reputación con una sola imagen.
Me levanté de golpe, sin pensarlo dos veces. No podía quedarme allí sentada viendo cómo todos me miraban. Tenía que ir a verlo, a exigirle una explicación, o al menos una solución.
El pasillo hacia su despacho parecía más largo que de costumbre. Cada paso resonaba con fuerza en el suelo de mármol, cada mirada que sentía sobre mí era un recordatorio de lo que decían los titulares.
Cuando llegué al piso de dirección, apenas respiré. Toqué una vez la puerta, sin esperar respuesta, y entré.
Máximo estaba de espaldas, observando la ciudad a través de los ventanales. No parecía sorprendido de verme. Ni un poco.
—Ya vi la portada —dijo, sin siquiera girarse.
—Entonces también sabes lo que están diciendo —respondí, lanzando la revis