El camino de regreso a la casa principal se me hizo eterno.
Cada pocos pasos, uno de mis tacones se hundía en la tierra y perdía el equilibrio.
—Podrías quitarte los zapatos —dijo Máximo sin siquiera mirarme.
—Podrías cargarme —respondí con ironía.
—No bromees, Aurora.
—No estoy bromeando —contesté, tropezando otra vez—. Estas cosas no están hechas para caminar en campo abierto.
—Tú tampoco —murmuró.
Me detuve un segundo, girando hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Solo que parece que los años no te enseñaron a escuchar.
—Y a ti tampoco te enseñaron a hablar con respeto —repliqué.
El silencio volvió, roto solo por mis pasos torpes y el sonido de su respiración, cerca… demasiado cerca.
A pesar de su arrogancia, terminó sujetándome del brazo cuando casi caigo.
—Te tengo —dijo.
—Suéltame, puedo sola.
—Claro. Lo estás demostrando.
Intenté apartarme, pero su mano siguió firme.
Él no dijo nada más, y yo tampoco.
Al llegar al camino empedrado frente a la mansión, la luz de una cámara nos c