El camino de regreso a la casa principal se me hizo eterno.
Cada pocos pasos, uno de mis tacones se hundía en la tierra y perdía el equilibrio.
—Podrías quitarte los zapatos —dijo Máximo sin siquiera mirarme.
—Podrías cargarme —respondí con ironía.
—No bromees, Aurora.
—No estoy bromeando —contesté, tropezando otra vez—. Estas cosas no están hechas para caminar en campo abierto.
—Tú tampoco —murmuró.
Me detuve un segundo, girando hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Solo que parece que los año