La finca estaba envuelta en luces cálidas y risas que se mezclaban con el sonido del agua en la piscina.
El aire olía a vino, césped húmedo y a esa sensación de fin de fiesta que siempre me gustó: cuando todos están felices menos tú.
Ya había cumplido con mi papel.
Sonreír, brindar, soportar conversaciones vacías y, sobre todo, resistir la presencia de Máximo La Torre.
Después de cruzar palabras con él hace un rato, sabía que lo mejor era marcharme antes de que mi autocontrol se rompiera.
Me levanté de la mesa y caminé hacia Caterina, que seguía bailando con sus amigos.
—Me voy ya, Caterina.
—¿Tan pronto? ¡Pero si aún queda música!
—Mañana tengo que madrugar —mentí.
Nos abrazamos y ella me deseó buena noche, sin sospechar que lo último que tendría sería eso: una buena noche.
El camino hasta el estacionamiento era oscuro, solo iluminado por faroles pequeños que apenas dibujaban sombras sobre la tierra.
Cuando llegué a mi auto, me quedé helada.
Dos llantas estaban completamente desinfla