El día parecía fluir con calma.
Después de todo lo ocurrido, me prometí mantener la mente fría. La oficina estaba silenciosa, apenas interrumpida por el sonido constante de las impresoras y el tecleo de los diseñadores. El aroma a café recién hecho llenaba el ambiente, y las grandes ventanas dejaban pasar una luz suave que iluminaba mi escritorio repleto de planos, marcadores y maquetas.
Me había vestido con un jeans negro ajustado, un top del mismo tono, tacones de punta y una cartera al juego. Todo en mí gritaba control, incluso cuando por dentro una parte de mí seguía irritada por lo ocurrido el día anterior.
A media mañana logré terminar los ajustes del proyecto: los planos de la fachada norte y el diseño de las estructuras metálicas del último piso. Pasé más de dos horas concentrada, cuidando cada línea y cada proporción. Era mi manera de olvidar.
A las doce en punto, llamé a María.
—¿Almorzamos juntas? —le dije, mientras cerraba la carpeta principal.
—Por supuesto, necesito desp