La luz del amanecer se filtraba por las cortinas cuando abrí los ojos. El brazo de Adrián rodeaba mi cintura con esa posesividad que ya me resultaba familiar. Su respiración, acompasada y tranquila, acariciaba mi nuca. Me quedé inmóvil, observando cómo las sombras jugaban en la pared frente a mí mientras una verdad incómoda se asentaba en mi pecho.
Algo había cambiado.
Con cuidado, me deslicé fuera de su abrazo y me senté al borde de la cama. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío, un contras