El silencio de la biblioteca privada de Adrián envolvía a Elena como un manto protector. Sentada en el sillón de cuero junto a la ventana, sostenía entre sus manos temblorosas un cuaderno de tapas gastadas que había encontrado por casualidad mientras buscaba un libro en uno de los estantes más altos. El cuaderno había caído al suelo cuando ella intentaba alcanzar un ejemplar de Dostoievski, como si el destino hubiera decidido que era el momento de revelarle aquella parte oculta de su esposo.
La