El cielo nocturno se había convertido en un manto de tormenta. Los relámpagos iluminaban intermitentemente la casa de cristal y acero que ahora parecía una fortaleza sitiada. Elena observaba por la ventana, con los dedos presionados contra el frío vidrio, mientras la lluvia golpeaba con furia, como si quisiera advertirles del peligro inminente.
Adrián, a su espalda, cargaba metódicamente un arma. El sonido metálico del mecanismo resonaba en la habitación casi vacía.
—Llegarán en menos de veinte