El amanecer se filtraba por las cortinas de seda cuando el teléfono de Adrián sonó con insistencia. Elena, acurrucada contra su pecho, sintió cómo el cuerpo de su esposo se tensaba instantáneamente, como un animal que percibe el peligro antes de que sea visible.
—¿Qué ocurre? —La voz de Adrián era un susurro gélido mientras contestaba.
Elena fingió seguir dormida, pero sus sentidos estaban alerta. Había aprendido a reconocer los tonos de voz de su esposo, y este era uno que rara vez escuchaba: