Llegué a la oficina a las siete y media de la mañana, media hora antes de lo necesario, porque la alternativa era quedarme en mi apartamento reproduciendo mentalmente cada palabra de la conversación de anoche.
La sala de conferencias estaba vacía y silenciosa. Abrí mi laptop y fingí concentrarme en terminar el análisis de riesgo, pero cada pocos minutos me descubría mirando la puerta, esperando… algo. No sabía qué.
Maya llegó a las ocho con su caos habitual de bolsas y cables.
—¿Llegaste tempra