A las seis de la tarde, cuando el edificio comenzaba a vaciarse, mi teléfono sonó. No un mensaje. Una llamada.
De Ethan.
Dudé antes de responder. Las llamadas eran más personales que los mensajes. Más inmediatas. Más difíciles de mantener a distancia.
—¿Hola?
—¿Puedes venir a mi oficina? —su voz sonaba cansada.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Voy para allá.
El piso cuarenta y dos estaba casi vacío. Las luces en la mayoría de las oficinas estaban apagadas, solo quedaba el brillo de pantallas de computadora de