El resto del equipo volvió a las dos, llenos de energía y con ideas sobre cómo proceder. Trabajamos hasta las seis, cuando Maya anunció que tenía una cita y se fue con una advertencia de que mejor no me quedara trabajando hasta medianoche otra vez.
James se fue a las seis y media. Aaron a las siete, después de hacer tres chistes terribles sobre el hecho de que estaba “casualmente pasando por” el café de Samira en su camino a casa.
Me quedé sola otra vez, pero esta vez me obligué a empacar a las siete y media. No porque Ethan hubiera dicho que me fuera. Sino porque si me quedaba, si él volvía a las nueve como había dicho, tendríamos otra conversación que probablemente no deberíamos tener.
Y ya habíamos tenido suficientes de esas.
El metro estaba menos lleno que ayer. Encontré un asiento y saqué mi teléfono, scrolleando sin propósito a través de emails y noticias que no me importaban.
Un mensaje de mi madre:
“Mija, hace tres días que no sé de ti. ¿Estás bien? ¿Estás comiendo? Tu hermano