El estruendo fue lo primero.
Un golpe seco, como si algo enorme hubiese chocado contra un muro de piedra, hizo vibrar las paredes y arrancó a Oriana de su sueño profundo. Se sentó de golpe, respirando entrecortado, sin comprender dónde estaba. El techo de madera tallada, el olor a chimenea… el símbolo ardiente en su pecho.
Y entonces lo recordó todo.
El loco del estacionamiento.
El castillo.
El vínculo.
El encierro.
Y ahora… ese ruido.
—¿Pero qué mierda…? —murmuró, llevándose una mano al pecho.