El silencio tras la batalla era engañoso.
Afuera, los guerreros de Ilai limpiaban la sangre de las piedras, recogían a los caídos, reforzaban los muros. Se escuchaban murmullos graves, el crujir de armaduras, el chisporroteo de antorchas. La noche olía a hierro, humo y a algo más oscuro: magia rota.
Ilai caminaba hacia la torre con pasos pesados, pero firmes.
Estaba cubierto de sangre.
No toda era suya.
Las garras aún querían salir. Sus músculos temblaban, no de cansancio, sino de rabia conteni