El viaje hasta la ciudad B culminó con la aparición de un edificio que no se parecía a nada de lo que Elena había visto antes. Se alzaba como una torre de cristal y acero en medio del distrito financiero, con ventanales que reflejaban el cielo y un aura solemne que imponía respeto incluso desde la distancia. Pero lo que lo hacía único era la fuerza invisible que emanaba de él: un manto de energía que solo los lobos podían percibir, vibrando como un eco antiguo.
El Consejo Supremo se encontraba