El amanecer apenas empezaba a teñir de naranja las montañas cuando Darian y Elena se detuvieron en un claro, aún lejos de la manada. Habían caminado durante horas, disfrutando del silencio, de la compañía mutua y de la calma después de la tormenta de la noche anterior. El aire olía a tierra húmeda y a bosque vivo, como si todo a su alrededor celebrara el despertar de un nuevo ciclo.
Elena, con los cabellos despeinados y los ojos brillantes por las emociones recientes, apretaba la mano de Darian