La recamara principal de la villa olía a madera y a detergente nuevo; la cama todavía conservaba el desorden de la primera noche y, sobre la mesita, dos tazas vacías. Darian estaba recostado contra el respaldo, la camisa a medio desabrochar, los ojos recortados por la luz que entraba por la ventana. Elena entró sin pensar y se detuvo en seco al verlo: había en sus rasgos algo que, por primera vez desde que lo conocía, no era solo dureza o control, sino una vulnerabilidad contenida. Respiró hond