La habitación estaba tenuemente iluminada por lámparas cálidas, y el aroma suave de hierbas calmantes flotaba en el aire. El silencio que se extendía en el ambiente no era tenso como horas antes; era sagrado, casi celestial.
Cuando Darian entró, se detuvo de golpe.
Elena estaba recostada, sudada, agotada, pero hermosa. Su cabello mojado caía a un lado de su rostro y su pecho subía y bajaba lentamente mientras intentaba recuperar el aliento. A pesar del cansancio, había una luz distinta en sus o