La ciudad olía a humedad y humo de cigarros caros. Milán dormía a medias; las luces del centro parpadeaban como ojos que no se atreven a cerrar por completo. Darío Mancini no dormía. Nunca del todo. Su imperio necesitaba más que vigilancia: necesitaba un pulso que nunca permitiera que bajara. Esa noche, su pulso latía fuerte.
En la sala de mapas de la mansión, la mesa grande estaba llena de papeles, sobres, facturas falsificadas y fotos recientes. Marcó, su ayudante de toda la vida, revisaba un