Mundo ficciónIniciar sesiónEl invierno en la mansión del Este no fue una estación, sino una condena. Con la muerte de Andrea, el último rastro de calidez se había disipado, dejando a Meryem a merced de una tormenta que no solo venía del cielo, sino de los pasillos de su propia casa. Sasha, embriagada por la ausencia de Baco y el vacío de poder que dejó su padre, se convirtió en una sombra implacable. No había rincón donde Meryem pudiera esconderse: Sasha le rasgaba la ropa, vertía agua helada en su cama durante las noches y le recordaba, con una crueldad metódica, que Baco estaba en Rusia perdiéndose en los ojos de otra.
Meryem caminaba como una autómata, sus ojos violetas apagados por una depresión que amenazaba con devorarla antes de que llegara la primavera. Sin embargo, en el punto más oscuro de su desesperación, el destino le tendió una mano.
El Ritual de la Luna Escondida
Bajo el amparo de una noche de neblina cerrada, Meryem se escabulló hacia el pabellón olvidado. Allí, entre las sombras de las enredaderas muertas, la esperaba Alya, la prima de la descendencia de Selene. Al ver entrar a Meryem, Alya dejó caer el cuenco de plata que sostenía. El estado de su prima era deplorable: estaba pálida, demasiado delgada y su aura, que antes vibraba con una luz blanca, era ahora un charco de ceniza.—Meryem, te estás apagando —susurró Alya, tomándola de las manos—. Estás dejando que ellas ganen.
—Ya no importa, Alya —respondió Meryem con una voz quebrada—. No tengo loba, no tengo padre y Baco... Baco ya tiene a quien proteger. Solo quiero que el silencio me lleve.
Alya, movida por una urgencia mística, decidió realizar un ritual prohibido para atraer a la loba dormida. Encendió hierbas del desierto y trazó un círculo de sal azul alrededor de Meryem. Mientras cantaba en una lengua antigua que recordaba al viento de las estepas, obligó a Meryem a cerrar los ojos y buscar en el abismo de su propio ser.
De pronto, el pabellón vibró. Alya fue golpeada por una visión tan poderosa que casi pierde el sentido. En el centro del alma de Meryem, no vio a una loba común; vio a una entidad colosal de pelaje blanco níveo y ojos violetas ardientes, una loba que caminaba sobre el cosmos y cuyas pisadas congelaban el tiempo. Era la Loba Divina, la salvadora de la profecía, una criatura de un poder tan devastador que podría reducir a cenizas el imperio de las Matriarcas con un solo aullido.
Alya palideció. Comprendió en ese instante por qué la loba no despertaba: era demasiado grande para el cuerpo herido de una niña. Decidió guardar silencio absoluto para proteger a Meryem, sabiendo que si ella se enteraba del tamaño de su poder, su miedo podría matarla.
La Indiscreción de la Esperanza
Con el corazón latiendo desbocado, Alya corrió hacia las tierras de su abuela, Selene, la más mística de las hermanas de Filipo. Al escuchar el relato de su nieta, Selene lloró de alegría. Por fin, después de décadas de opresión bajo el puño de Valeria y Maria, había una esperanza.—Si esa loba despierta y se une a Baco, que es un Lycan puro como lo fue mi padre —susurró Selene—, el linaje de Filipo será restaurado. La tiranía de la sangre oscura terminará.
Pero la alegría es una mala consejera para el secreto. En un momento de debilidad fraternal, Selene visitó a su hermana Diana, la encargada de la seguridad de las fronteras. Creyendo que Diana compartiría su gozo por la salvación de la estirpe, Selene le reveló la visión de Alya: la existencia de la loba blanca de ojos violetas y su inminente despertar a los dieciocho años.
Lo que Selene olvidó es que en el nido de víboras de las Matriarcas, la lealtad es un concepto que se compra con poder. Diana, temerosa de que una nueva reina la desplazara de su puesto, no dudó. Esa misma noche, un mensaje cifrado llegó a los oídos de Valeria.
La Noche de los Cuchillos Largos
Valeria no esperó a confirmar la noticia. La sola posibilidad de una "Loba Salvadora" era una sentencia de muerte para su reinado. Con la frialdad de una diosa de la guerra, Valeria activó a sus Lobos Renegados, un grupo de sicarios desterrados que operaban en las sombras, lejos de las leyes de la manada.—No dejen rastro —ordenó Valeria—. Que parezca la furia del invierno. Que parezca un accidente. Pero mis tres hermanas menores... Selene, Diana y la madre de Alya... deben dejar de respirar antes del amanecer.
La masacre fue silenciosa y brutal. Diana fue emboscada en su puesto de mando por sus propios subordinados; su cuerpo fue arrojado a un desfiladero, simulando un ataque de rebeldes. Selene fue hallada en su cama, víctima de un "fallo cardíaco" inducido por un veneno que no dejaba rastro en la sangre. La madre de Alya murió en un incendio provocado que consumió el ala de las brujas.
Alya logró escapar por puro instinto, internándose en los bosques nevados, herida y perseguida, cargando con el secreto que ahora era una sentencia de muerte.
Meryem, en la mansión del Este, despertó esa madrugada con un grito ahogado. Un frío antinatural le recorrió el pecho. No sabía que sus tías habían muerto, ni que la red se había cerrado por completo. Ahora estaba más sola que nunca, y en el Valle Central, Valeria observaba el mapa de su imperio, convencida de que había cortado la cabeza de la profecía. No sabía que, al matar a las ancianas, solo había liberado el camino para que el odio de la Loba Divina se convirtiera en una tormenta imparable.







