Los ojos de Enzo, fijos en su cara, bajaron con malicia hasta su escote, se pasó la lengua por los labios con lentitud y luego dijo con una sonrisa ladeada:
—Creo que te crecieron un poco.
Ella, al notar dónde estaba fija su atención, recompuso su postura, parándose muy derecha, pero sin dejarse amedrentar por sus ínfulas de todopoderoso.
—¿Has escuchado siquiera una palabra de lo que te he dicho? —preguntó molesta. Sus mejillas se tornaron rojizas en contra de su voluntad.
El hombre, al det