Damian
La cargué entre mis brazos, extasiado. La besaba y ella reía, lloraba lágrimas de felicidad, en sus manos los dos anillos. Aceptados, en su lugar. Era como si un círculo de dolor se terminara, como si el sufrimiento entendiera que ya no tendría lugar aquí, que solo el amor podría echar raíces.
Esa noche era nuestra, el bosque, la luna, esas horas, la ciudad. Todo. Sentí que el mundo era mío mientras ella estaba en mis brazos. Quité sus lentes y los dejé en la mesa, la llevé dentro de la carpa y la senté en mis piernas nuevamente. Julieta desabotonaba mi camisa y besaba mi cuello, y yo cerraba mis ojos sumido en un completo placer. Lo tenía todo, y en personas como yo, que han sufrido tanto, esto significaba temer perder lo que amábamos.
Temía que algo malo fuera a pasar, especialmente en el último reto. Sombras de la Noche estaba en mi contra, los herejes, la manada. Había tantos enemigos, tanto en contra, que pensé que luego de tanta felicidad vendría lo peor, y eso me petrifi