Damián
Las garras y los colmillos se mezclaban con el estruendo metálico de las armas. El aire olía a pólvora, sangre y tierra quemada.
—¡Busquen a Ricardo! —grité con la voz desgarrada—. ¡Hasta que él no esté detenido, esto no terminará!
Corrí hacia el centro de la manada, donde el fuego iluminaba los muros ennegrecidos. No hacía mucho; habían sido testigos del reto en el que yo había ganado y luego Ricardo había atacado su propia manada. Se había declarado alfa y vencedor, arrasando con los