Ricardo
—Alfa, necesitamos investigar.
— No debimos dejarlos solos.
—La Luna y el alfa… —decían mis guerreros.
El aire olía a tierra húmeda y a despedida. Frente a mí, dos montículos de tierra fresca marcaban el final de todo lo que alguna vez había sido mi hogar. La lluvia caía despacio, como si el cielo también dudara en tocar esa tierra maldita. Mis manos temblaban, no de tristeza, sino de una furia tan densa que apenas me dejaba respirar.
Me había concentrado en tomar el control de mi m