Nora
—Parece que quiere pelear —indicó uno, y cuando se vino sobre mí lancé una cuchillada improvisada. No tuvo tiempo ni precisión, porque el dolor de la mano mordida por Carnicero seguía fresco.
—¡Atrápenla! —gritó otro.
Los herí con mi cuchillo, pero eran demasiados. Conseguí alcanzar a uno con la hoja, rozarle la mejilla, hacerlo retroceder con un tajo que arrancó un hilo de sangre. Otro me golpeó con la culata del rifle y el mundo giró; resentí el sabor metálico de mi propia sangre en la b