Damián
La lluvia de ónix había sido una de las peores cosas que había visto en mi vida. Caía en diversos tamaños y se incrustaba en mi piel, hiriéndome, quemando como fuego. Eran miles de cortes, y cada uno ardía como si me desgarrara por dentro.
—¡Dame el control, ahora! —me había dicho Ronan, y no tuve más opción.
En mi forma de lobo corrí con toda la fuerza que tenía, ayudando a las pocas personas que aún quedaban a la intemperie a huir. Muchos cayeron. Podía sentir cómo mi manada se desmoro