El trayecto hasta el edificio de lujo fue un borrón impulsado por la adrenalina pura. Alisson no sentía el frío de la noche ni el temblor de sus propias manos. Al llegar al imponente complejo, eludió la recepción utilizando el código de acceso del ascensor privado que, para su desgracia, aún recordaba de la noche en que firmó aquel maldito contrato.
Las puertas metálicas se abrieron con un suave murmullo, dejándola directamente en el recibidor del inmenso y silencioso penthouse. La luz tenue y