El sonido del timbre rompió el silencio del pequeño departamento de Alisson. Al abrir la puerta, se encontró con la sonrisa cálida de Julian y el inconfundible olor de la pizza recién horneada.
—Dime que no has cenado —la saludó él, levantando una caja de pizza familiar como si fuera un premio—. Porque vengo dispuesto a acabar con tus reservas de comida chatarra.
Alisson soltó una risa ligera, la primera genuina que escapaba de sus labios en todo el día, y se hizo a un lado para dejarlo pasar.