—¿Madre? —Massimiliano parpadeó, impactado. Se dejó abrazar, sintiendo por un momento que la armadura de CEO implacable se le caía de los hombros—. No te esperaba hasta el próximo mes.
—Me aburrí de la Toscana —admitió, separándose para tomarle el rostro con sus manos delicadas—. Y algo me decía que mi hijo necesitaba un poco de compañía real, no solo de asistentes y abogados.
Mariola lo estudió con esa intuición afilada que solo las madres poseen. Notó las ojeras bajo sus ojos zafiro, la ten