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—Alisson Harper. ¿Cómo has estado?

—Estoy bien, señor Fitzwilliam —emitió, sonrojándose sinceramente. Mariola siempre había sido la única persona en esa familia que la trataba como a un ser humano y no como a una pieza de ajedrez.

—Te ves... un poco pálida, querida —comentó Mariola, ladeando la cabeza con preocupación materna. Sus ojos bajaron por un segundo, captando la forma en que Alisson se aferraba a la mesa—. ¿Estás trabajando demasiado? Mi hijo puede ser un hombre exigente, lo sé bien.

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