La habitación estaba sumergida en un silencio inquietante, roto únicamente por el rítmico tictac de un reloj de pared y la respiración entrecortada de Alisson. Sobre la cama descansaba el vestido. No era simplemente una prenda; era una declaración de guerra envuelta en elegancia. El tejido, de un tono lila profundo que recordaba a los atardeceres más serenos, caía en pesadas ondas de seda y encaje artesanal. Massimiliano no había escatimado en nada: se había asegurado de que el corte no ocultar