El último piso de la agencia publicitaria, habitualmente llevado por el trajín, se había convertido en el campo minado de la mente de Massimiliano Fitzwilliam. La conversación con Peter en el auto la noche anterior había dejado una grieta irreparable en su orgullo. Ahora, sentado tras su imponente escritorio de mármol negro, con la luz del atardecer tiñendo la ciudad de Guatire de tonos anaranjados a través del ventanal, el CEO no podía apartar la vista de una carpeta que su asistente acababa d