—Sí, es cierto, es muy tarde. Debo irme a casa —dijo Alisson, sacando su teléfono celular del bolso con manos nerviosas—. Llamaré a Julian para que venga a buscarme.
El aire en la oficina pareció congelarse en un instante. Massimiliano se quedó absolutamente desconcertado. La mención de otro hombre, a esa hora de la noche, dispuesta a ser el salvador de la mujer que llevaba a su hijo, hizo que la sangre le hirviera en las venas.
—¿Quién diablos es Julian? —cuestionó él, su voz perdiendo por com