El silencio que siguió fue absoluto, cortado solo por el sonido del motor. Massimiliano miró por la ventana, con la mente trabajando a mil por hora. Ella estaba en un restaurante, riendo, conviviendo, ignorando el hecho de que él estaba consumiéndose de frustración en ese auto. El instinto posesivo y la urgencia de verla, de asegurarse de que no forzara su pie, fueron más fuertes que cualquier orgullo.
—Da la vuelta. De inmediato —ordenó Massimiliano, su voz sonando como un látigo en el silenci