El sonido de un jarrón de cristal estrellándose contra la pared de mármol se escuchó por todo el vestíbulo de la mansión Santoro. Alessandra, con el rostro desfigurado por una ira ciega, señalaba con un dedo tembloroso a la joven empleada que permanecía encogida de hombros, sollozando en silencio.
—¡Eres una inútil! —gritó Alessandra, su voz alcanzando un tono agudo y estridente—. ¡Te dije que quería el vestido de seda italiana, no esta basura sintética! ¿Acaso no sabes leer las etiquetas o es