La penumbra del despacho de Lorenzo Santoro parecía absorber la luz de las lámparas de pie, creando un ambiente sepulcral que solo se veía perturbado por el sonido de la respiración agitada de Brenda. Ella se paseaba por la habitación con pasos erráticos, rozando con sus dedos descuidados las encuadernaciones de cuero de los libros, los trofeos de golf de cristal y las reliquias que gritaban opulencia.
Sus ojos, antes brillantes y peligrosos, ahora estaban cargados de una envidia que le quemab