El silencio en el penthouse se volvió sepulcral. Cada paso que Massimiliano daba al salir del ascensor parecía hacer temblar el suelo de mármol. Su aura era tan oscura y asfixiante que la temperatura de la habitación cayó por completo.
Los ojos zafiro del CEO, fríos y letales como el hielo ártico, pasaron de la mano de Julian —que aún estaba peligrosamente cerca del hombro de Alisson— al rostro de su amigo.
—Suéltala —ordenó Massimiliano. Su voz no fue un grito, sino un gruñido bajo, ronco y ll