El silencio que cayó sobre la colina fue denso y doloroso. Alisson observó el perfil tenso del magnate, su mandíbula apretada y la forma en que se había alejado, arrepentido de haberle mostrado las grietas de su alma.
Cualquier otra persona se habría asustado ante esa frialdad repentina, pero Alisson no se movió. En lugar de apartarse o pedir disculpas, dejó su mano descansando sobre la manta de lana, muy cerca de él, y habló con una voz increíblemente suave, desprovista de lástima, pero llena