Habían pasado cuatro días desde la explosiva conferencia de prensa. El huracán mediático que amenazaba con devorarlos se había convertido en un murmullo contenido, estrellándose inútilmente contra los muros legales que el imperio Fitzwilliam había levantado. Sin embargo, el encierro en el penthouse comenzaba a cobrar factura. Alisson se sentía atrapada; a salvo, sí, pero asfixiada por el silencio y la inactividad.
Esa tarde, Massimiliano llegó al departamento mucho más temprano de lo habitual.