Massimiliano estaba de pie frente a la pared de cristal de su despacho, con las manos entrelazadas en la espalda, observando la ciudad a sus pies. En la pantalla del televisor, que estaba en silencio, se repetía una y otra vez la imagen bochornosa de Alessandra Santoro siendo arrastrada fuera del escenario por su padre.
Peter, el siempre eficiente asistente ejecutivo, aguardaba a un par de metros de distancia, sosteniendo una carpeta de cuero negro. Sabía que la quietud de su jefe era la antesa